sábado, 13 de julio de 2013

¿Podemos convertir las clases de ciencias en lugares donde el alumnado experimente una inmersión en la cultura científica?

Quizás en primer lugar conviene aclarar que esto, además de posible, es deseable. Es necesario aclararlo, ya que hay quien piensa que no todas las personas necesitan una cultura científica, puesto que sólo unas pocas se van a dedicar profesionalmente a la investigación o a enseñar ciencias. Sin embargo, hay muchos lugares o situaciones donde se usa la ciencia o se participa en ella, además de los laboratorios de investigación, lugares como el sistema judicial, las asociaciones ecologistas, de consumidores o de apoyo a algunas enfermedades como el sida. Por otra parte, es difícil que la ciudadanía pueda participar en la toma de decisiones sobre cuestiones como la energía nuclear, la clonación terapéutica o los organismos transgénicos si no posee una cultura científica. Ciertamente, la cuestión de si la formación en la cultura científica ha de ser dirigida a todos los estudiantes o a unos pocos tiene consecuencias en el diseño de los itinerarios educativos, pues si se segrega a una parte del alumnado a una edad temprana, se les priva de la oportunidad de acceder a conocimientos necesarios en la sociedad contemporánea.


¿Y aprender a manejar un microscopio, a interpretar un mapa geológico o a determinar la concentración de una disolución?

 Son cosas que se aprenden practicándolas, dedicando tiempo a hacerlas más de una vez. Hay quien cree que los programas escolares deben ser una lista interminable de conocimientos, pero la investigación ha mostrado hace años que dar una lección sobre un tema no garantiza automáticamente su aprendizaje si no se dedica tiempo a que los estudiantes pongan en práctica los nuevos conocimientos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario